14 Jul, 2008
El precariado: una primera aproximación
La semana pesada me sorprendió de una manera muy grata el trabajo presentado desde el Comité Nacional sobre las caras de la precariedad. Al documento de 11 páginas se unía la rueda de prensa donde tanto Eva Granados como Camil Ros desgranaban con gran acierto la primera denuncia sistemática de la precariedad que se hace desde el sindicalismo confederal.
Dicho esto, y a modo de una evaluación de urgencia, me gustaría matizar algunos puntos que considero importantes para comprender la complejidad de este fenómeno. En primer lugar, me sorprende que se haya tardado tanto en conceptualizar una realidad social que lleva cambiando la faz de la clase trabajadora desde hace más de dos décadas. Pablo López Calle, un referente en la sociología del trabajo en el Estado Español desentraña este proceso en su último libro "La desmovilización general", donde describe la mutación de la clase trabajadora madrileña o más concretamente lo que él define como "los hijos de las reformas laborales". Por que precisamente debemos situar en las reformas laborales de los años ochentas y noventas el cambio institucional que propició el paso de una clase trabajadora estable y con covertura sindical a otra individualizada e indefensa ante los empresarios. Así, el grueso de la precariedad, la emergencia del precariado hay que situarlo como mínimo en 1994 con la aparición de las Ett y la carta de legalidad a la contratación eventual con las más diversas caras y caretas. Desde la misma transición los sindicalistas no hemos sido capaces de ver esa agenda oculta de empresarios y políticos que se han dedicado a erosionar poco a poco las fuentes de hegemonía de los sindicatos y los lazos que unían a los sectores sindicalizados con el común de los trabajadores. Por esta línea discursiva llegamos a un segundo punto de disenso con el análisis presentado: la precariedad no afecta a sectores inmigrantes sino que abarca desde hace al menos 15 años a un sector cada vez mayor de la clase obrera catalana y española. Para los trabajadores/as jóvenes es la realidad ineludible, así como para los trabajadores estables sindicalizados víctimas de los procesos de restructuración de las empresas bajo las nuevas coordenadas de rentabilidad. La inmigración no ha creado la precariedad simplemente se ha incorporado a la perfección a ese sector nacional que ya llevaba años en la relaciones laborales desreguladas. Esta situación es precisamente la que genera el peligro más evidente de fractura social: la competición social por unos mismos puestos de trabajo en caída libre en cuanto a condiciones laborales y salario. A diferencia de lo que expresaba Ros, no es de esperar un mayor aumento de la precariedad con la crisis económica, dado que la misma base de la rentabilidad del capitalismo español-catalán es la flexibilidad que supone la desaparición del derecho laboral garantista. Por esta misma razón han sido inútiles las reformas laborales que han abaratado el despido o han incentivado económicamente la contratación indefinida, dado que una bonificación no representa nada en comparación con el uso de una plantilla sin capacidad de gestionar su fuerza de trabajo. Por tanto, no es que la precariedad tenga muchas caras, sino que va a acabar por ser el horizonte único de la mayoría de la clase trabajadora. Fuera de la gestión pública, de las últimas grandes empresas industriales nos espera el fantasma de las jornadas interminables, la falta de calendario, de vacaciones y las remuneraciones individualizadas.
Para acabar, una última reflexión. Sin duda es necesario difundir esta nueva realidad al conjunto de la sociedad y recabar del gobierno de turno medidas sociales y económicas para acotar con claridad este fenómeno, pero la mayor tarea que tenemos frente a nosotros/as es la de interrogarnos cómo vamos a cambiar nuestro sindicato para poder domesticar esta tendencia irrefrenable. Pedir ayuda al gobierno está bien, pero somos los sindicatos los que tenemos y debemos organizar a los trabajadores para asegurar el progreso moral y material del conjunto de la clase trabajadora. No parece de recibo mantener unas estructuras organizativas para una realidad laboral que ya sólo existe en los libros de historia. La fábrica fordista de Tiempos Modernos -nombre de nuestra revista- ya no existe pero la intensificación del trabajo, la rabia y la indignación por la injusticia sí. Ya tenemos un magnífico punto de partida.
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